La fiesta
más popular y por la que se conoce la ciudad son
Las Fallas.
La ciuda del Turia amanece a medianos de marzo con la
despertá, cientos de tracas que agolpan los oídos
para dar comienzo a un nuevo día de fiesta, impertérritas
al sonido, al bullicio y al ajetreo, las fallas permanecen
inmóviles escuchando el lejano rumor del Turia
y respirando la sal mediterránea. Saben que algunas
de ellas se libraran de la quema. Capital mundial de la
paella, Valencia, se convierte, por unos días,
en la ciudad del fuego.
Dicen que el origen de la fiesta de Las Fallas se halla
en los artesanos y, muy especialmente, en los carpinteros
de Valencia. Durante el invierno, para aprovechar las
últimas jornadas de luz, se utilizaban unos candiles
que se colgaban de un artefacto denominado “parots”,
muy parecido a un candelabro de varios brazos de madera.
Con la llegada de buen tiempo, la víspera de
San José se quemaban en las puertas de las casas.
Con el tiempo al parot se le añadían
prendas viejas y otros objetos para quemar, tomando
la forma de un espantapájaros. Con el tiempo
surgió el “ninot” y esa tradición
se convirtió en las actuales fallas.
La víspera del 19 de marzo,
con la cremá, Valencia se convirtie en una auténtica
bola de fuego. Verdaderas obras de arte en cartón-piedra
arden de un extremo a otro de la ciudad.
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